
Cuando estamos conectados con la fuente, todo vuelve a tener sentido. Simplemente has un alto. Apaga el televisor, procura el silencio. Quédate quieto por un momento. Comienza a respirar suavemente, observa tus pensamientos. Nuestra mente puede ser acallada, estamos acostumbrados a su incesante parloteo que creemos que esto es normal.
Cuando recurrimos al silencio, nos conectamos con la fuente de todo bien.
Todo vuelve a tener sentido. El miedo desaparece. El miedo desaparece ante el amor. Ante la luz.
Es entonces que tenemos la oportunidad de transformar nuestra manera de ver.
Entendemos cual es nuestro llamado. Ya el miedo no se interpone. Te invade la sensación de que todo es como tiene que ser. Eres parte de la gran obra del creador.
Cuando recurrimos al silencio y hacemos contacto con EL, transformamos con nuestra luz a los demás. Ya no hay forcejeo ni lucha. Pedes entender que cada ser humano vive su propio pesar. Ya no existen ofensas, solo puro entendimiento, pura aceptación y pura compasión.
La compasión es fruto del amor, el amor arrasa con el miedo, lo desenmascara. Al acallar las voces que nos inundan de grandes mentiras, vemos la realidad. Nos volvemos concientes de nuestra naturaleza espiritual. De hecho no podemos dejar de verlo. Y comprendemos que siempre estuvo allí. Solo nos faltaban ojos para verlo.
Para ello no es necesario alejarse a un monasterio y renunciar al mundo cotidiano. El verdadero reto es encontrar esa paz aun dentro de lo cotidiano.
Tu mente proporciona los parámetros para interpretar lo que tus ojos ven. Esa información se traduce según esos parámetros en emociones, reacciones físicas y conclusiones.
Cuando acudimos a la fuente nos damos cuenta de que nuestros parámetros no tienen que ver necesariamente con nuestra realidad. Nos damos cuenta de que construimos esa realidad.
Si nuestros parámetros están basados en ideas que aprendimos desde pequeño, interpretaremos nuestra realidad según esas ideas.
Si fuimos enseñados a que no podemos confiar en nadie, nuestra mente encontrará la manera de interpretar cada hecho en esa idea.
Si por otro lado creemos que cada cosa tiene su propósito, también nuestra mente buscará la forma de encontrar un propósito a cada suceso de nuestra vida.
Imagina una gran caminata por la playa con Dios. Imagínate estar parado en la arena, mientras que Dios toma la forma del mar, de la arena que pisas, del aroma que respira. Del sonido del viento que acaricia tu rostro. Sientes a Dios en tus pies manos, oídos. En tu piel en tus ojos. Al sonreír, toda la creación sonríe contigo. Te bañas de la presencia de Dios. Juegas con Dios como un niño. Te das permiso de intimar con el en la playa. Poco a poco te das cuenta de que no existe distancia entre El y tú.
De pronto te das cuenta de su dulce voz que acaricia tu alma permitiéndote sentir esa realidad. Te das cuenta de que siempre ha sido así. Su presencia siempre te ha inundado desde el momento de tu creación.
Simplemente no lo percibías. ¿Sabes que?
Hubo un momento en tu vida que si sabias la verdad.
Sabias de ese amor. Pero lo olvidaste por completo.
Hoy tienes la oportunidad de recordarlo. Siempre ha estado aquí contigo. Escúchalo. Calladamente.
-Siempre he estado aquí contigo.



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